e fascina la
forma en que los lobos chocan unos con otros
cuando corren y juegan, los lobos viejos a su
manera, los jóvenes a la suya, los flacos,
los patilargos, los rabicortos, los de orejas
colgantes, aquellos cuyas fracturadas
extremidades se soldaron torcidas. Todos
tienen sus propias configuraciones y fuerza
corporal, su propia belleza. Viven y juegan
de acuerdo con lo que son, quiénes son y
cómo son. No fingen ser lo que no son.
Allá arriba en el norte vi una vez una vieja
loba que sólo tenía tres patas; era la
única que podía pasar a través de una
grieta donde crecían los arándanos. Otra
vez, vi una loba gris agacharse y pegar un
brinco tan rápido que, por un segundo, dejó
la imagen de un arcoiris de plata en el aire.
Recuerdo a una muy delicada, una recién
parida todavía con el vientre deformado,
pisando el musgo del borde del estanque con
la gracia de una bailarina.
Y, sin embargo, a pesar de su belleza y de su
capacidad para conservar la fuerza, a las
lobas se les habla a veces de la siguiente
quisa: <<Estás demasiado hambrienta,
tienes unos dientes demasiado afilados, tus
apetitos son demasiado interesados.>>
Tal como ocurre con las lobas, a veces se
habla de las mujeres como si solo un cierto
temperamento, solo un cierto apetito moderado
fuera aceptable. A lo cual se añade con
harta frecuencia un juicio sobre la bondad o
la maldad moral de la mujer según su
tamaño, estatura, andares y forma en que se
ajusten o no a un singular y selecto ideal.
Cuando se relega a las mujeres a los estados
de ánimo, gestos, y perfiles que sólo
coinciden con un único ideal de belleza y
conducta, se las aprisiona en cuerpo y alma y
ya no son libres.
En los sistemas de desarrollo corporal como
el método Feldenkreis, el Ayurveda y otros,
se considera que el cuerpo está dotado de
seis sentidos en lugar de cinco, el cuerpo
utiliza la piel, las fascias profundas, y la
carne para registrar todo lo que ocurre a su
alrededor. Para quienes saben leerlo, el
cuerpo es, como la piedra de Rosetta, un
registro viviente de la vida entregada, la
vida arrebatada, la vida esperada y la vida
sanada. Se valora por su capacidad de
reacción inmediata, su profunda sensibilidad
y su previsión.
El cuerpo recuerda, los huesos recuerdan, las
articulaciones recuerdan y hasta el dedo
meñique recuerda. El recuerdo se aloja en
las imágenes y en las sensaciones de las
células. Como ocurre con una esponja
empapada de agua, dondequiera que la carne se
comprima, se estruje e incluso se roce
ligeramente, el recuerdo puede surgir como un
manantial.
Reducir la belleza y el valor del cuerpo a
cualquier cosa que sea inferior a esta
magnificencia es obligar al cuerpo a vivir
sin el espíritu, la forma y la exultación
que le corresponden. Ser considerado feo o
inaceptable por el hecho de que la propia
belleza esté al margen de la moda actual,
hiere profundamente el júbilo natural que es
propio de la naturaleza salvaje.
Experimentar un profundo placer en un mundo
lleno de muchas clases de belleza es una
alegría de la vida, a la cual todas las
mujeres tienen derecho. Aprobar solo una
clase de belleza equivale en cierto modo a no
prestar atención a la naturaleza. No puede
haber un solo canto de pájaro, una sola
clase de pino, una sola clase de lobo. No
puede haber una sola clase de niño, de
hombre o de mujer. No puede haber una sola
clase de pecho, de cintura o de piel.
Despreciar o juzgar negativamente el aspecto
físico heredado de una mujer es crear una
generación tras otra de mujeres angustiadas
y neuróticas. Emitir juicios destructivos y
excluyentes acerca de la forma heredada de
una mujer equivale a despojarla de toda una
serie de importantes y valiosos tesoros
psicológicos y espirituales. La despoja del
orgullo del tipo corporal que ha recibido de
su linaje ancestral. Si la enseñan a
despreciar su herencia corporal, la mujer se
sentirá inmediatamente privada de su
identificación corporal femenina con el
resto de la familia.
Destruir la cohesión instintiva de una mujer
con su cuerpo natural la priva de su
confianza, la induce a preguntarse si es o no
una buena persona y a basar el valor que ella
misma se atribuye no en quién es sino en lo
que parece. La obliga a emplear su energía
en preocuparse por la cantidad de alimento
que ha comido o las lecturas de bascula y las
medidas de la cinta métrica. La obliga a
preocuparse y colorea todo lo que hace,
planifica y espera. En el mundo instintivo es
impensable que una mujer viva preocupada de
esa manera por su aspecto.
Si existe realmente una mujer que está
<<pidiendo a gritos>> salir, lo
que pide a gritos es que terminen las
irrespetuosas proyecciones de otras personas
sobre su cuerpo, su rostro o su edad.
Baste señalar, sin embargo, que distintos
psicólogos siguen transmitiendo este
prejuicio contra el cuerpo natural y animan a
las mujeres a controlar constantemente su
cuerpo, privándolas con ello de unas mejores
y más profundas relaciones con la forma que
han recibido. La angustia acerca del cuerpo
priva a la mujer de buena parte de su vida
creativa y le impide prestar atención a
otras cosas.
La naturaleza salvaje jamás abogaría por la
tortura del cuerpo, la cultura o la tierra.
La naturaleza salvaje jamas accedería a
vulnerar la forma para demostrar valor,
<<dominio>> y carácter o para
ser más visualmente agradable o mas valiosa
desde el punto de vista económico.

EL CUERPO EN LOS CUENTOS DE
HADAS.
ay muchos
mitos y cuentos de hadas que describen las
debilidades y el carácter salvaje del
cuerpo. Tenemos al griego Hefesto, el tullido
trabajador de metales preciosos; al mexicano
Hartar, el de doble cuerpo; a Venus nacida de
la espuma del mar; a las mujeres de la
Montaña Gigante, cortejadas por su fuerza; a
Pulgarcita, que puede viajar por arte de
magia por doquier; y a muchos más.
En los cuentos de hadas ciertos objetos
mágicos tienen unos poderes de transporte y
percepción que constituyen unas metáforas
muy acertadas del cuerpo, como, por ejemplo,
la hoja mágica, la alfombra mágica, la
nube. A veces las capaz, los zapatos, los
escudos, los sombreros y los yelmos confieren
el poder de la invisibilidad, de una fuerza
superior, de la previsión, etc. Son
parientes arquetípicos. Cada uno de ellos
permite que el cuerpo físico disfrute de una
mayor perspicacia, de un oído mas fino, de
la capacidad de volar o de una mayor
protección para la psique y el alma.
Antes del invento de los carruajes, los
coches y los carros, antes de la
domesticación de los animales de tiro y de
monta, parece ser que el elemento que
representaba el cuerpo sagrado era el objeto
mágico. Las prendas de vestir, los amuletos,
los talismanes y otros objetos, cuando se
utilizaban de cierta manera, transportaban a
la persona al otro lado del río o del mundo.
Algunos dicen que el alma facilita
información al cuerpo. Pero imaginemos por
un instante que ocurriría si el cuerpo
facilitara información al alma, la ayudaría
a adaptarse a la vida material, la analizara,
la tradujera, le facilitara una hoja en
blanco, tinta y una pluma con la cual pudiera
escribir sobre nuestras vidas. ¿Y si, como
en los cuentos de hadas de las formas
cambiantes, el cuerpo fuera un dios por
derecho propio, un maestro, un mentor, un
guía oficial? ¿Qué ocurriría entonces?
¿Es sensato pasarse toda la vida castigando
a ese maestro que tiene tantas cosas que dar
y enseñar? ¿Queremos pasarnos toda la vida
dejando que otros quiten el mérito a nuestro
cuerpo, lo juzguen y lo consideren
defectuoso? ¿Somos bastante fuertes como
para rechazar la línea telefónica
compartida y escuchar con verdadero interés
lo que dice el cuerpo como si éste fuera un
ser poderoso y sagrado?
La idea que en nuestra cultura se tiene del
cuerpo como simple escultura es errónea. El
cuerpo no es de mármol. No es esa su
finalidad. Su finalidad es proteger,
contener, apoyar y encender el espíritu y el
alma que lleva dentro, ser un receptáculo de
la memoria, llenarnos de sentimiento, ése es
el supremo alimento psíquico. Es elevarnos y
propulsarnos, llenarnos de sentimiento para
demostrar que existimos, que estamos aquí,
darnos un fundamento, una fuerza y un peso.
Es erróneo considerarlo un lugar que
abandonamos para poder elevarnos hacia el
espíritu. El cuerpo es el promotor de estas
experiencias. Sin el cuerpo no existirían
las sensaciones del cruce de los umbrales, no
existiría la sensación de elevación ni la
de altura e ingravidez. Todo eso procede del
cuerpo. El cuerpo es la plataforma de
lanzamiento del cohete. En su cápsula el
alma contempla a través de la ventanilla la
misteriosa noche estrellada y se queda
deslumbrada.
El cuerpo es como la tierra. Es una tierra en
sí mismo. Y es tan vulnerable al exceso de
edificaciones como cualquier paisaje, pues
también esta dividido en parcelas, aislado
sembrado de minas y privado de su poder. No
es fácil reconvertir a la Mujer Salvaje
mediante planes de remodelación. Para ella
lo mas importante no es como formar sino
cómo sentir.
El pecho en todas sus formas desarrolla la
función de sentir y alimentar. ¿Alimenta?
¿Siente? Es un buen pecho.
Las caderas son anchas y con razón, pues
llevan dentro una satinada cuna de marfil
para la nueva vida. Las caderas de una mujer
son batangas para el cuerpo superior y el
inferior; son pórticos, son un mullido
cojín, asideros del amor, un lugar detrás
del cual se pueden esconder los niños. Las
piernas están destinadas a llevarnos y a
veces a propulsarnos; son las poleas que nos
ayudan a elevarnos, son un anillo para
rodear al amante. No pueden ser demasiado
esto o demasiado lo otro. Son lo que son.
En los cuerpos no hay ningún <<tiene
que ser>>. Lo importante no es el
tamaño, la forma o los años y ni siquiera
el hecho de tener un par de cada cosa, pues
algunos no lo tienen. Lo importante desde el
punto de vista salvaje es si el cuerpo
siente, si tiene una buena conexión con el
placer, con el corazón, con el alma, con lo
salvaje. ¿Es feliz y esta alegre? ¿Puede
moverse a su manera, bailar, menearse,
oscilar, empujar? Es lo único que importa.
Ntozake Shange
habla en su obra de para las chicas de
color que han pensado en el suicidio cuando
basta el arcoiris. En la obra, la mujer
de morado habla tras haber tratado con todas
sus fuerzas de asumir todos los aspectos
psíquicos y físicos de su persona que la
cultura ignora o desprecia. Y se resume a sí
misma en estas sabias y serenas palabras:
eso es lo que tengo...
poemas
grandes muslos
pequeñas tetas
y
muchisimo amor.
Éste es el
poder del cuerpo, nuestro poder, el poder de
la Mujer Salvaje. En los mitos y los cuentos
de hadas las divinidades y otros grandes
espíritus ponen a prueba los corazones de
los seres humanos apareciéndose bajo
distintas formas que ocultan su divinidad. Se
presentan con túnicas, andrajos o fajas
plateadas o con los pies cubiertos de barro.
Se presentan con la piel tan oscura como la
madera vieja o con escamas hechas de pétalos
de rosa, con un aspecto tan frágil como el
de los niños, como el de una vieja tan
amarilla como las limas, como un hombre que
no puede hablar o como un animal que habla.
Los grandes poderes ponen a prueba a los
seres humanos para averiguar si ya han
aprendido a reconocer la grandeza del alma en
todas sus múltiples formas.
La Mujer
Salvaje se presenta con muchos tamaños,
colores, formas y condiciones. Debemos
permanecer atentas para poder reconocer el
alma salvaje en todos sus múltiples
disfraces.
© 1992 / 1995
por Clarissa Pinkola Estés, Ph.D.