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Capitulo 13

Las lágrimas son un río que nos lleva a alguna parte. El llanto crea un río alrededor de la barca que transporta nuestra vida espiritual. Las lágrimas levantan la embarcación por encima de las rocas, por encima del terreno seco, y la transportan río abajo a un lugar nuevo y mejor.

Existen océanos de lágrimas que las mujeres jamás han llorado, pues les han enseñado a llevarse a la tumba los secretos de su madre y su padre, de los hombres y la sociedad y los suyos propios. El llanto de una mujer siempre se ha considerado muy peligroso porque abre las cerraduras y los pestillos de los secretos que lleva dentro. Pero en realidad, por el bien del alma salvaje de la mujer, es mejor llorar. Para las mujeres las lágrimas son el comienzo de la iniciación en el Clan de la Cicatriz, esta tribu eterna de mujeres de todos los colores, naciones y lenguas que, a lo largo de los siglos, han sobrevivido a algo muy grande, lo hicieron con orgullo y lo siguen haciendo.

Para la mayoría de las mujeres, estas historias secretas son sus propias historias personales, incrustadas, no como piedras preciosas en una corona sino más bien como negra grava bajo la piel del alma.

LOS SECRETOS ASESINOS.

Las historias secretas de algunas mujeres se refieren al hecho de haber dicho una descarada mentira o de haber cometido una deliberada maldad que fue causa de dificultades o dolor para otra persona. Pero en mi experiencia no abundan demasiado. Los secretos de las mujeres suelen referirse más bien a la transgresión de alguna norma de conducta moral o social de su cultura, religión o sistema personal de valores. La cultura dominante ha considerado a menudo algunos de estos actos, acontecimientos o elecciones, sobre todo los relacionados con la libertad de las mujeres en todos los ámbitos de la vida, vergonzosamente impropios de las mujeres pero no de los hombres.

Lo malo de las historias secretas rodeadas por un halo de vergüenza es que apartan a la mujer de su naturaleza instintiva, que en general es algo gozoso y libre. Cuando existe un secreto oscuro en la psique, una mujer no se puede acercar a él y más bien evita entrar en contacto con cualquier cosa que se lo recuerde o que aumente la intensidad de su dolor crónico.

Esta maniobra defensiva es muy frecuente y, tal como ocurre con los efectos secundarios de un trauma, influye secretamente en las elecciones que hace una mujer en el mundo exterior: qué libros leerá o no leerá, qué películas verá o dejará de ver, a qué acontecimientos asistirá o no asistirá; de qué se reirá o no se reirá; ya qué intereses se entregará. En este sentido, hay en la naturaleza salvaje un obstáculo que le impide ser libre de hacer, ser o contemplar lo que le apetece.

Por regla general, los secretos giran en torno a los mismos temas de las grandes tragedias. He aquí algunos de los temas de los secretos: el amor prohibido; la curiosidad indebida; los actos desesperados; los actos forzados; el amor no correspondido; los celos y el rechazo; el castigo y la cólera; la crueldad consigo misma o con los demás; los deseos, anhelos y sueños censurados; los intereses sexuales y los estilos de vida no aprobados; los embarazos imprevistos; el odio y la agresión; el homicidio o las lesiones involuntarias; las promesas incumplidas; la pérdida de valentía; la pérdida de los estribos; el incumplimiento de algo; la incapacidad de hacer algo; la intervención o las intrigas bajo mano; el olvido; los malos tratos; la lista podría prolongarse indefinidamente, pues casi todos los temas entran dentro de la categoría del lamentable error.

Pero hay algo positivo. Para transformar la tragedia en un drama heroico hay que revelar el secreto, confesárselo a alguien, escribir otro final, examinar el papel que una interpretó y las cualidades que la ayudaron a resistir. Tales enseñanzas están integradas a partes iguales por dolor y sabiduría. El hecho de haberlo superado es un triunfo del profundo espíritu salvaje.

Los vergonzosos secretos que guardan las mujeres son unos cuentos muy antiguos. Cualquier mujer que haya guardado un secreto en su propio perjuicio permanece enterrada en la vergüenza. La pauta de esta apurada situación de carácter universal es arquetípica: la heroína ha sido obligada a hacer algo o, como consecuencia de la pérdida del instinto, ha quedado atrapada en algo. Por regla general se ve imposibilitada a salir de una triste situación. Un juramento o la vergüenza la obligan a guardar el secreto. Y accede por miedo a perder el amor, la consideración o el sustento esencial. Para sellar ulteriormente el secreto se lanza una maldición contra la persona o las personas que se atrevan a revelarlo. Se amenaza a la mujer con algo terrible en caso de que alguna vez confiese el secreto.

Todo el mundo elige mal las palabras o los hechos por que no sabe hacer otra cosa e ignora cuáles serán las consecuencias. Nada es imperdonable en este planeta o en el universo. Nada. <<¡No! –dices tú--. Eso que hice es totalmente imperdonable.>> He dicho que nada que un ser humano haya hecho, esté haciendo o pueda hacer en el futuro es imperdonable. Nada.

En el arquetipo del secreto se lanza una especie de encantamiento, como si fuera una negra red sobre una parte de la psique de la mujer, quien se ve inducida a creer que jamas deberá revelar el secreto y, en caso de que lo revelara, todas las personas honradas que se tropezaran con ella la insultarían a perpetuidad. Esta amenaza adicional así como la misma vergüenza del secreto obligan a la mujer a soportar no un peso sino dos.

Esta especie de amenaza de encantamiento sólo es un pasatiempo para las personas que sólo emplean un pequeño y negro espacio de sus corazones. Para las personas que sienten afecto y amor por la condición humana es justo lo contrario. Tales personas ayudarían a la mujer a revelar el secreto, pues saben que éste produce una herida que no sanará hasta que se exprese con palabras y se dé testimonio de él.

LA ZONA MUERTA.

El hecho de guardar los secretos aísla a la mujer de aquellos que podrían ofrecerle su amor, ayuda y protección. La obliga a llevar ella sola el peso del dolor y el temor, a veces en nombre de todo un grupo, que puede ser la familia o la cultura. Además, tal como dijo Jung, el guardar los secretos nos separa del inconsciente. Dondequiera que haya un secreto vergonzoso siempre hay una zona muerta en la psique de la mujer, un lugar que es insensible o no reacciona a los incesantes acontecimientos de su propia vida emocional o a los acontecimientos de la vida emocional de los demás.

La zona muerta está muy bien protegida. Es un lugar de interminables puertas y paredes, cada una de ellas cerrada con veinte cerraduras, y los homunculi, los minúsculos seres que pueblan los sueños de las mujeres, se pasan el rato construyendo más puertas, más diques, más medidas de seguridad para evitar que se escape el secreto.

¿Qué hace pues una mujer cuando descubre que el secreto se le está escapando? Corre tras él con gran despendio de energía. Lo ata otra vez, lo vuelve a arrojar a la zona muerta y construye unas defensas más sólidas. Llama a sus homunculi –los guardianes internos y defensores del ego—para que construyan más puertas y más murallas. Después se apoya contra su más reciente tumba psíquica, sudando sangre y respirando como una locomotora. La mujer que oculta un secreto es una mujer exhausta.

Sin embargo, parte del milagro de la psique salvaje consiste en que, por mucho que se <<mate>> a una mujer, por mucho que se la hiera, su vida psíquica sigue adelante y aflora a la superficie de la tierra, donde vuelve a brotar con su emocionado canto. El mal cometido se comprende de una manera consciente y entonces la psique inicia la tarea de la restauración.

Que curioso, ¿verdad?, que la fuerza vital de una mujer pueda seguir creciendo aunque ella esté aparentemente muerta. Es la promesa de que, incluso en la más anémica situación que quepa imaginar, la salvaje fuerza vital mantendrá vivas nuestras ideas y su proceso de desarrollo seguirá bajo tierra, aunque sólo durante algún tiempo. En su momento, se abrirá paso escarbando hacia la superficie. Esta fuerza vital no permitirá que se olvide lo ocurrido hasta que se revele el paradero y las circunstancias de la muerte de la mujer enterrada.

Los secretos vergonzosos se tienen que sacar a la superficie y ser confesados a seres humanos compasivos y generosos. Cuando una mujer guarda un secreto vergonzoso, experimenta un remordimiento y una tortura muy grandes. Todo el remordimiento y la tortura que amenazan con abatirse sobre la mujer en caso de que revele el secreto, se abaten sobre ella de todos modos, aunque no le diga nada a nadie, pues éstos la atacan desde dentro.

La Mujer Salvaje no puede vivir en esta situación. Los secretos vergonzosos hacen que una persona se sienta acosada. No puede dormir por que el secreto vergonzoso es como un cruel alambre de púas que se le clava en las entrañas cuando intenta escapar. Los secretos vergonzosos son destructivos no sólo para la salud mental de una mujer sino también para sus relaciones con la naturaleza instintiva. La Mujer Salvaje excava en la tierra para sacar las cosas a la superficie, las arroja al aire y las persigue. No entierra y olvida. Y, en caso de que entierre algo, sabe qué y dónde lo ha hecho y no tardara en desenterrarlo.

Ocultar un secreto vergonzoso es algo que trastorna profundamente la psique. Los secretos estallan en la materia de los sueños. Un analista tiene que ir a menudo más allá de lo que es patente y a veces incluso más allá del contenido arquetípico de un sueño para comprender que, de hecho, el sueño está proclamando a voces precisamente el secreto que la persona no puede o no se atreve a revelar en voz alta.

¿Recuerdas el canto hondo y el hambre del alma? A su debido tiempo, por medio de los sueños y de la salvaje fuerza vital de la mujer, afloran a la superficie de la psique y lanzan el grito necesario, el grito liberador. Es entonces cuando la mujer recupera la voz y canta, grita su secreto y es escuchada. Así se restaura el equilibrio psíquico.

La verdad que se oculta detrás de la sabiduría de los cuentos es la de que, tanto en los hombres como en las mujeres, las heridas causadas por los secretos y otras cosas en el yo, en el alma y en la psique forman parte de la vida de casi todo el mundo. Y las consiguientes cicatrices no se pueden evitar. Pero las lesiones tienen remedio y se pueden curar.

La represión del material secreto que va acompañado de sentimientos de vergüenza, temor, cólera, remordimiento o humillación oblitera totalmente las restantes partes del inconsciente que se encuentran situadas en proximidad del secreto. Es como si se inyectara, por ejemplo, una sustancia anestésica en el tobillo de una persona para llevar a cabo una intervención quirúrgica. Buena parte de la pierna por encima y debajo del tobillo sufrirá también los efectos de la anestesia y se volverá insensible. Éste es el efecto de los secretos en la psique. Es como una constante gota a gota de anestesia que insensibiliza no sólo la zona afectada sino también la amplia zona que la rodea.

Sin embargo, para conservar todos los instintos y las aptitudes que le permiten moverse libremente en el interior de la psique, la mujer puede revelar su secreto o sus secretos a una persona de confianza y volverlos a contar todas las veces que sea necesario. Una herida no suele desinfectarse una sola vez sino que se cura y lava varias veces hasta que cicatriza.

Cuando finalmente se revela un secreto, el alma necesita algo más que una simple respuesta del tipo <<¿De veras? Pues qué lástima>> o <<Bueno, ya se sabe, así es la vida>>, tanto por parte del que lo cuenta como del que lo escucha. El que lo cuenta tiene que intentar no menospreciar el asunto. Y tiene suerte si el que lo escucha es una persona que sabe prestar atención con toda su alma y puede hacer una mueca de sufrimiento, estremecerse y sentir que un dardo de dolor le traspasa el corazón sin venirse abajo. Una parte del proceso de curación de un secreto consiste en contarlo de tal forma que los demás se conmuevan. De esta manera, una mujer puede empezar a recuperarse de la vergüenza gracias al apoyo y la solicitud que no tuvo durante el trauma inicial.

La habitual prohibición de lavar la ropa sucia fuera de casa encierra una ironía, pues la <<ropa sucia>> nunca se lava en casa. La <<ropa sucia>> de la familia se queda para siempre en el más oscuro rincón del sótano con su secreto. La insistencia en mantener algo en secreto es veneno puro. De hecho, semejante pretensión significa que una mujer no cuenta a su alrededor con el apoyo necesario para afrontar las cuestiones que le causan dolor.

Mira lo que tengas que mirar. Díselo a alguien. Nunca es demasiado tarde. Si crees que no puedes decirlo en voz alta, escríbelo. Elige a una persona que instintivamente consideres digna de confianza. Es mejor que salgan los gusanos de la lata que temes abrir en lugar de que éstos se multipliquen dentro de ti. Si lo prefieres, busca a un terapeuta que sepa cómo tratar los secretos. Tendrá que ser una persona compasiva que no pronuncie sentencias sobre lo que está bien y lo que está mal y que comprenda la diferencia entre la culpa y el remordimiento y conozca la naturaleza del dolor y la resurrección espiritual.

Sin embargo, ahora sabemos lo que los seres humanos saben instintivamente desde hace siglos: que ciertos dolores y daños y vergüenzas nunca se pueden dejar de llorar; la pérdida de un hijo por muerte o abandono es uno de los más intensos o el más intenso.

Estos datos nos ayudarán a comprender la normalidad del dolor de larga duración. Cuando un secreto no se cuenta a nadie, el dolor persiste durante toda la vida. La ocultación de los secretos constituye un obstáculo para la natural higiene autocurativa de la psique y el espíritu. Ésta es otra razón para que contemos nuestros secretos. Contarlos y sufrir por su causa nos ayuda a resucitar de la zona muerta y nos permite dejar a nuestra espalda el culto mortuorio de los secretos. Podemos sufrir con todas nuestras fuerzas y salir de la experiencia con el rostro surcado por las lágrimas y no por la vergüenza. Podemos salir de ella con un sentimiento más profundo, plenamente reconocidas y rebosantes de nueva vida.

La Mujer Salvaje nos sostendrá durante nuestra pena. Ella es el Yo instintivo. Puede soportar nuestros alaridos, nuestros lamentos, nuestro deseo de morir sin estar muertas. Ella aplicará la mejor medicina en los lugares que más nos duelan. Ella nos hablará al oído en susurros. Sentirá dolor por nuestro dolor. Lo resistirá. No huirá. Aunque habrá cicatrices, y muchas, por cierto, es bueno recordar que, por su resistencia la tracción y su capacidad de absorber la presión, una cicatriz es más fuerte que la piel.

EL MANTO EXPIATORIO.

Un manto expiatorio es un manto que detalla en imágenes, escritos y toda suerte de objetos prendidos y cosidos a él todos los improperios que una mujer ha recibido en su vida, todos los insultos, todas las calumnias, todos los traumas, todas las heridas y todas las cicatrices. Es la exposición de su experiencia como chivo expiatorio. A veces bastan sólo uno o dos días para confeccionar semejante manto, otras veces se necesitan varios meses. Pero resulta extremadamente útil para detallar todas las heridas, los golpes y los cuchillazos de la vida de una mujer.

Tras haber confeccionado sus mantos expiatorios, las mujeres se niegan a destruirlos. Quieren conservarlos para siempre, cuanto más desagradables y ensangrentados, mejor. A veces los llamamos también mantos de batalla, pues son la prueba de la resistencia, los fracasos y las victorias de cada una de las mujeres y de sus congéneres.

Tampoco es mala idea que las mujeres calculen su edad no en años sino en cicatrices de guerra.

--¿Cuántos años tienes?—me pregunta a veces la gente.
--Tengo diecisiete heridas de guerra—contesto.

Por regla general, las mujeres no se inmutan sino que empiezan a calcular alegremente su edad de la misma manera, contando sus propias heridas de guerra.

De la misma manera que los lakotas pintaban imágenes en pellejos de animales para señalar los acontecimientos invernales, y al igual que los nahuatl, los mayas y los egipcios tenían sus códices en los que anotaban los grandes acontecimientos de la tribu, las guerras y las victorias, las mujeres tienen sus mantos expiatorios y sus mantos de batalla.

Si alguien te pregunta tu nacionalidad, tu origen étnico o tu estirpe, esboza una enigmática sonrisa y contesta:

--El Clan de la Cicatriz.

CONTINUARÁ...

© 1992 / 1995 por Clarissa Pinkola Estés, Ph.D.

Capitulo 13: Las cicatrices de la batalla: La pertenencia al clan de la cicatriz.
(Mensaje pendiente - El lobo Víctor Hugo)
Por: lobo - 01 Jun 2005
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Ultima modificación: 24/Apr/2007 05:39:13 am (GMT)
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