as lágrimas
son un río que nos lleva a alguna parte. El
llanto crea un río alrededor de la barca que
transporta nuestra vida espiritual. Las
lágrimas levantan la embarcación por encima
de las rocas, por encima del terreno seco, y
la transportan río abajo a un lugar nuevo y
mejor.
Existen
océanos de lágrimas que las mujeres jamás
han llorado, pues les han enseñado a
llevarse a la tumba los secretos de su madre
y su padre, de los hombres y la sociedad y
los suyos propios. El llanto de una mujer
siempre se ha considerado muy peligroso
porque abre las cerraduras y los pestillos de
los secretos que lleva dentro. Pero en
realidad, por el bien del alma salvaje de la
mujer, es mejor llorar. Para las mujeres las
lágrimas son el comienzo de la iniciación
en el Clan de la Cicatriz, esta tribu eterna
de mujeres de todos los colores, naciones y
lenguas que, a lo largo de los siglos, han
sobrevivido a algo muy grande, lo hicieron
con orgullo y lo siguen haciendo.
Para la
mayoría de las mujeres, estas historias
secretas son sus propias historias
personales, incrustadas, no como piedras
preciosas en una corona sino más bien como
negra grava bajo la piel del alma.

LOS
SECRETOS ASESINOS.
as historias
secretas de algunas mujeres se refieren al
hecho de haber dicho una descarada mentira o
de haber cometido una deliberada maldad que
fue causa de dificultades o dolor para otra
persona. Pero en mi experiencia no abundan
demasiado. Los secretos de las mujeres suelen
referirse más bien a la transgresión de
alguna norma de conducta moral o social de su
cultura, religión o sistema personal de
valores. La cultura dominante ha considerado
a menudo algunos de estos actos,
acontecimientos o elecciones, sobre todo los
relacionados con la libertad de las mujeres
en todos los ámbitos de la vida,
vergonzosamente impropios de las mujeres pero
no de los hombres.
Lo malo de las
historias secretas rodeadas por un halo de
vergüenza es que apartan a la mujer de su
naturaleza instintiva, que en general es algo
gozoso y libre. Cuando existe un secreto
oscuro en la psique, una mujer no se puede
acercar a él y más bien evita entrar en
contacto con cualquier cosa que se lo
recuerde o que aumente la intensidad de su
dolor crónico.
Esta maniobra
defensiva es muy frecuente y, tal como ocurre
con los efectos secundarios de un trauma,
influye secretamente en las elecciones que
hace una mujer en el mundo exterior: qué
libros leerá o no leerá, qué películas
verá o dejará de ver, a qué
acontecimientos asistirá o no asistirá; de
qué se reirá o no se reirá; ya qué
intereses se entregará. En este sentido, hay
en la naturaleza salvaje un obstáculo que le
impide ser libre de hacer, ser o contemplar
lo que le apetece.
Por regla
general, los secretos giran en torno a los
mismos temas de las grandes tragedias. He
aquí algunos de los temas de los secretos:
el amor prohibido; la curiosidad indebida;
los actos desesperados; los actos forzados;
el amor no correspondido; los celos y el
rechazo; el castigo y la cólera; la crueldad
consigo misma o con los demás; los deseos,
anhelos y sueños censurados; los intereses
sexuales y los estilos de vida no aprobados;
los embarazos imprevistos; el odio y la
agresión; el homicidio o las lesiones
involuntarias; las promesas incumplidas; la
pérdida de valentía; la pérdida de los
estribos; el incumplimiento de algo; la
incapacidad de hacer algo; la intervención o
las intrigas bajo mano; el olvido; los malos
tratos; la lista podría prolongarse
indefinidamente, pues casi todos los temas
entran dentro de la categoría del lamentable
error.
Pero hay algo
positivo. Para transformar la tragedia en un
drama heroico hay que revelar el secreto,
confesárselo a alguien, escribir otro final,
examinar el papel que una interpretó y las
cualidades que la ayudaron a resistir. Tales
enseñanzas están integradas a partes
iguales por dolor y sabiduría. El hecho de
haberlo superado es un triunfo del profundo
espíritu salvaje.
Los vergonzosos
secretos que guardan las mujeres son unos
cuentos muy antiguos. Cualquier mujer que
haya guardado un secreto en su propio
perjuicio permanece enterrada en la
vergüenza. La pauta de esta apurada
situación de carácter universal es
arquetípica: la heroína ha sido obligada a
hacer algo o, como consecuencia de la
pérdida del instinto, ha quedado atrapada en
algo. Por regla general se ve imposibilitada
a salir de una triste situación. Un
juramento o la vergüenza la obligan a
guardar el secreto. Y accede por miedo a
perder el amor, la consideración o el
sustento esencial. Para sellar ulteriormente
el secreto se lanza una maldición contra la
persona o las personas que se atrevan a
revelarlo. Se amenaza a la mujer con algo
terrible en caso de que alguna vez confiese
el secreto.
Todo el mundo
elige mal las palabras o los hechos por que
no sabe hacer otra cosa e ignora cuáles
serán las consecuencias. Nada es
imperdonable en este planeta o en el
universo. Nada. <<¡No! dices
tú--. Eso que hice es totalmente
imperdonable.>> He dicho que nada que
un ser humano haya hecho, esté haciendo o
pueda hacer en el futuro es imperdonable.
Nada.
En el arquetipo
del secreto se lanza una especie de
encantamiento, como si fuera una negra red
sobre una parte de la psique de la mujer,
quien se ve inducida a creer que jamas
deberá revelar el secreto y, en caso de que
lo revelara, todas las personas honradas que
se tropezaran con ella la insultarían a
perpetuidad. Esta amenaza adicional así como
la misma vergüenza del secreto obligan a la
mujer a soportar no un peso sino dos.
Esta especie de
amenaza de encantamiento sólo es un
pasatiempo para las personas que sólo
emplean un pequeño y negro espacio de sus
corazones. Para las personas que sienten
afecto y amor por la condición humana es
justo lo contrario. Tales personas ayudarían
a la mujer a revelar el secreto, pues saben
que éste produce una herida que no sanará
hasta que se exprese con palabras y se dé
testimonio de él.

LA ZONA
MUERTA.
l hecho de
guardar los secretos aísla a la mujer de
aquellos que podrían ofrecerle su amor,
ayuda y protección. La obliga a llevar ella
sola el peso del dolor y el temor, a veces en
nombre de todo un grupo, que puede ser la
familia o la cultura. Además, tal como dijo
Jung, el guardar los secretos nos separa del
inconsciente. Dondequiera que haya un secreto
vergonzoso siempre hay una zona muerta en la
psique de la mujer, un lugar que es
insensible o no reacciona a los incesantes
acontecimientos de su propia vida emocional o
a los acontecimientos de la vida emocional de
los demás.
La zona muerta
está muy bien protegida. Es un lugar de
interminables puertas y paredes, cada una de
ellas cerrada con veinte cerraduras, y los homunculi,
los minúsculos seres que pueblan los sueños
de las mujeres, se pasan el rato construyendo
más puertas, más diques, más medidas de
seguridad para evitar que se escape el
secreto.
¿Qué hace
pues una mujer cuando descubre que el secreto
se le está escapando? Corre tras él con
gran despendio de energía. Lo ata otra vez,
lo vuelve a arrojar a la zona muerta y
construye unas defensas más sólidas. Llama
a sus homunculi los guardianes
internos y defensores del egopara que
construyan más puertas y más murallas.
Después se apoya contra su más reciente
tumba psíquica, sudando sangre y respirando
como una locomotora. La mujer que oculta un
secreto es una mujer exhausta.
Sin embargo,
parte del milagro de la psique salvaje
consiste en que, por mucho que se
<<mate>> a una mujer, por mucho
que se la hiera, su vida psíquica sigue
adelante y aflora a la superficie de la
tierra, donde vuelve a brotar con su
emocionado canto. El mal cometido se
comprende de una manera consciente y entonces
la psique inicia la tarea de la
restauración.
Que curioso,
¿verdad?, que la fuerza vital de una mujer
pueda seguir creciendo aunque ella esté
aparentemente muerta. Es la promesa de que,
incluso en la más anémica situación que
quepa imaginar, la salvaje fuerza vital
mantendrá vivas nuestras ideas y su proceso
de desarrollo seguirá bajo tierra, aunque
sólo durante algún tiempo. En su momento,
se abrirá paso escarbando hacia la
superficie. Esta fuerza vital no permitirá
que se olvide lo ocurrido hasta que se revele
el paradero y las circunstancias de la muerte
de la mujer enterrada.
Los secretos
vergonzosos se tienen que sacar a la
superficie y ser confesados a seres humanos
compasivos y generosos. Cuando una mujer
guarda un secreto vergonzoso, experimenta un
remordimiento y una tortura muy grandes. Todo
el remordimiento y la tortura que amenazan
con abatirse sobre la mujer en caso de que
revele el secreto, se abaten sobre ella de
todos modos, aunque no le diga nada a nadie,
pues éstos la atacan desde dentro.
La Mujer
Salvaje no puede vivir en esta situación.
Los secretos vergonzosos hacen que una
persona se sienta acosada. No puede dormir
por que el secreto vergonzoso es como un
cruel alambre de púas que se le clava en las
entrañas cuando intenta escapar. Los
secretos vergonzosos son destructivos no
sólo para la salud mental de una mujer sino
también para sus relaciones con la
naturaleza instintiva. La Mujer Salvaje
excava en la tierra para sacar las cosas a la
superficie, las arroja al aire y las
persigue. No entierra y olvida. Y, en caso de
que entierre algo, sabe qué y dónde lo ha
hecho y no tardara en desenterrarlo.
Ocultar un
secreto vergonzoso es algo que trastorna
profundamente la psique. Los secretos
estallan en la materia de los sueños. Un
analista tiene que ir a menudo más allá de
lo que es patente y a veces incluso más
allá del contenido arquetípico de un sueño
para comprender que, de hecho, el sueño
está proclamando a voces precisamente el
secreto que la persona no puede o no se
atreve a revelar en voz alta.
¿Recuerdas el canto
hondo y el hambre del alma? A su
debido tiempo, por medio de los sueños y de
la salvaje fuerza vital de la mujer, afloran
a la superficie de la psique y lanzan el
grito necesario, el grito liberador. Es
entonces cuando la mujer recupera la voz y
canta, grita su secreto y es escuchada. Así
se restaura el equilibrio psíquico.
La verdad que
se oculta detrás de la sabiduría de los
cuentos es la de que, tanto en los hombres
como en las mujeres, las heridas causadas por
los secretos y otras cosas en el yo, en el
alma y en la psique forman parte de la vida
de casi todo el mundo. Y las consiguientes
cicatrices no se pueden evitar. Pero las
lesiones tienen remedio y se pueden curar.
La represión
del material secreto que va acompañado de
sentimientos de vergüenza, temor, cólera,
remordimiento o humillación oblitera
totalmente las restantes partes del
inconsciente que se encuentran situadas en
proximidad del secreto. Es como si se
inyectara, por ejemplo, una sustancia
anestésica en el tobillo de una persona para
llevar a cabo una intervención quirúrgica.
Buena parte de la pierna por encima y debajo
del tobillo sufrirá también los efectos de
la anestesia y se volverá insensible. Éste
es el efecto de los secretos en la psique. Es
como una constante gota a gota de anestesia
que insensibiliza no sólo la zona afectada
sino también la amplia zona que la rodea.
Sin embargo,
para conservar todos los instintos y las
aptitudes que le permiten moverse libremente
en el interior de la psique, la mujer puede
revelar su secreto o sus secretos a una
persona de confianza y volverlos a contar
todas las veces que sea necesario. Una herida
no suele desinfectarse una sola vez sino que
se cura y lava varias veces hasta que
cicatriza.
Cuando
finalmente se revela un secreto, el alma
necesita algo más que una simple respuesta
del tipo <<¿De veras? Pues qué
lástima>> o <<Bueno, ya se sabe,
así es la vida>>, tanto por parte del
que lo cuenta como del que lo escucha. El que
lo cuenta tiene que intentar no menospreciar
el asunto. Y tiene suerte si el que lo
escucha es una persona que sabe prestar
atención con toda su alma y puede hacer una
mueca de sufrimiento, estremecerse y sentir
que un dardo de dolor le traspasa el corazón
sin venirse abajo. Una parte del proceso de
curación de un secreto consiste en contarlo
de tal forma que los demás se conmuevan. De
esta manera, una mujer puede empezar a
recuperarse de la vergüenza gracias al apoyo
y la solicitud que no tuvo durante el trauma
inicial.
La habitual
prohibición de lavar la ropa sucia fuera de
casa encierra una ironía, pues la
<<ropa sucia>> nunca se lava en
casa. La <<ropa sucia>> de la
familia se queda para siempre en el más
oscuro rincón del sótano con su secreto. La
insistencia en mantener algo en secreto es
veneno puro. De hecho, semejante pretensión
significa que una mujer no cuenta a su
alrededor con el apoyo necesario para
afrontar las cuestiones que le causan dolor.
Mira lo que
tengas que mirar. Díselo a alguien. Nunca es
demasiado tarde. Si crees que no puedes
decirlo en voz alta, escríbelo. Elige a una
persona que instintivamente consideres digna
de confianza. Es mejor que salgan los gusanos
de la lata que temes abrir en lugar de que
éstos se multipliquen dentro de ti. Si lo
prefieres, busca a un terapeuta que sepa
cómo tratar los secretos. Tendrá que ser
una persona compasiva que no pronuncie
sentencias sobre lo que está bien y lo que
está mal y que comprenda la diferencia entre
la culpa y el remordimiento y conozca la
naturaleza del dolor y la resurrección
espiritual.
Sin embargo,
ahora sabemos lo que los seres humanos saben
instintivamente desde hace siglos: que
ciertos dolores y daños y vergüenzas nunca
se pueden dejar de llorar; la pérdida de un
hijo por muerte o abandono es uno de los más
intensos o el más intenso.
Estos datos nos
ayudarán a comprender la normalidad del
dolor de larga duración. Cuando un secreto
no se cuenta a nadie, el dolor persiste
durante toda la vida. La ocultación de los
secretos constituye un obstáculo para la
natural higiene autocurativa de la psique y
el espíritu. Ésta es otra razón para que
contemos nuestros secretos. Contarlos y
sufrir por su causa nos ayuda a resucitar de
la zona muerta y nos permite dejar a nuestra
espalda el culto mortuorio de los secretos.
Podemos sufrir con todas nuestras fuerzas y
salir de la experiencia con el rostro surcado
por las lágrimas y no por la vergüenza.
Podemos salir de ella con un sentimiento más
profundo, plenamente reconocidas y rebosantes
de nueva vida.
La Mujer
Salvaje nos sostendrá durante nuestra pena.
Ella es el Yo instintivo. Puede soportar
nuestros alaridos, nuestros lamentos, nuestro
deseo de morir sin estar muertas. Ella
aplicará la mejor medicina en los lugares
que más nos duelan. Ella nos hablará al
oído en susurros. Sentirá dolor por nuestro
dolor. Lo resistirá. No huirá. Aunque
habrá cicatrices, y muchas, por cierto, es
bueno recordar que, por su resistencia la
tracción y su capacidad de absorber la
presión, una cicatriz es más fuerte que la
piel.

EL MANTO
EXPIATORIO.
n manto
expiatorio es un manto que detalla en
imágenes, escritos y toda suerte de objetos
prendidos y cosidos a él todos los
improperios que una mujer ha recibido en su
vida, todos los insultos, todas las
calumnias, todos los traumas, todas las
heridas y todas las cicatrices. Es la
exposición de su experiencia como chivo
expiatorio. A veces bastan sólo uno o dos
días para confeccionar semejante manto,
otras veces se necesitan varios meses. Pero
resulta extremadamente útil para detallar
todas las heridas, los golpes y los
cuchillazos de la vida de una mujer.
Tras haber
confeccionado sus mantos expiatorios, las
mujeres se niegan a destruirlos. Quieren
conservarlos para siempre, cuanto más
desagradables y ensangrentados, mejor. A
veces los llamamos también mantos de
batalla, pues son la prueba de la
resistencia, los fracasos y las victorias de
cada una de las mujeres y de sus congéneres.
Tampoco es mala
idea que las mujeres calculen su edad no en
años sino en cicatrices de guerra.
--¿Cuántos
años tienes?me pregunta a veces la
gente.
--Tengo diecisiete heridas de
guerracontesto.
Por regla
general, las mujeres no se inmutan sino que
empiezan a calcular alegremente su edad de la
misma manera, contando sus propias heridas de
guerra.
De la misma
manera que los lakotas pintaban imágenes en
pellejos de animales para señalar los
acontecimientos invernales, y al igual que
los nahuatl, los mayas y los egipcios tenían
sus códices en los que anotaban los grandes
acontecimientos de la tribu, las guerras y
las victorias, las mujeres tienen sus mantos
expiatorios y sus mantos de batalla.
Si alguien te
pregunta tu nacionalidad, tu origen étnico o
tu estirpe, esboza una enigmática sonrisa y
contesta:
--El Clan de la
Cicatriz.

CONTINUARÁ...
© 1992 / 1995
por Clarissa Pinkola Estés, Ph.D.